miércoles, 28 de abril de 2010

¿Acaso todo tiene que tener un título?

Hoy me doy cuenta de que soy más yo que nunca. Hoy vivo y amo mis defectos. Puedo reconocerlos, puedo juzgarme y, aún así -y sin ninguna especie de Dios que me consuele- puedo quererme. Lo que no significa que no me haya querido en un pasado, para nada.
Pero nunca de una manera tan pura, tan grande, tan fuerte. Tan vos y tan yo. Tan nosotros.
Y entre voces que dicen (y que no mienten), frases que rebotan en mi mente y un poco de querer ponerle onda a lo inherte, me despido a estudiar Medios de Comunicación.
P.D.: A pesar de que vengo padeciendo una especie de extraño cansancio que me genera malhumor... Soy feliz. Enteramente feliz.

Teoría de Pierce

Escrito un 25 de marzo del 2010. A las nueve de la mañana.
Aclaración: Los hechos y/o personajes de este texto son ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Él creía que la vida no era más que caer y levantarse. Que su suerte dependía de las señales de la vida, del mismo destino que lo alejaba cada vez más de eso a lo que llaman "el amor de tu vida".
Ella todavía no creía en el amor y se dedicaba a confundir compañía con algo que iba más allá de los ojos.
Se tomaba el tiempo necesario para arreglar sus uñas; pero no su pelo, y lograba sonreír cada vez que encontraba algún retaso de tela para su colección.
En cambio, él nunca pudo llevar a cabo la función de una agenda -ni acordarse de sus fechas-. Nunca usaba perfume, porque creía que con el olor de su piel limpia bastaba.
Ella tenía un gato al que nunca le dio un nombre (aunque sabía que era su única compañía fehaciente).
Irónicamente, lo único que los mantenía unidos eran sus ojos color marrón, aunque sus miradas no dijeran lo mismo.
Pero los dos sabían, en lo profundo sabían, que aunque todo los separara, aunque sus personalidades fueran totalmente opuestas, ni la muerte iba a alcanzar para romper ese amor, esa esencia, esa fuerza que los hacía vivir: el uno por el otro.

lunes, 19 de abril de 2010

Siento que todo el tiempo estoy repitiendo lo mismo, desgastándolo. Pero ya no sé cómo explicar, cómo transmitir, cómo justificar dos palabras que son tan reales que asustan. Tampoco sé cómo agradecer toda esta felicidad que me purifica y da muchísima paz. Verte me da paz. El roce de nuestras manos me da paz. Mirarte y que no estés viendo me da paz.
Vos me das paz. Y esto me hace sentir que sonrío, en gran parte, gracias a vos. (Por eso debe ser que cada vez que sonrío empieza a sonar tu voz en mi mente)... pero nunca fui de buscar muchas explicaciones. Simplemente sé que me quiero arriesgar, que quiero sufrir, que quiero amar, quiero confiar, quiero ser, volar y crecer... pero con vos.